Jerusalén, ciudad histórica santa y mítica para las tres religiones monoteístas

 

 

Julia Sáez-Angulo 

 

 

 

Jerusalén es una ciudad histórica santa para las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo. Todos los creyentes de las tres religiones son hijos de Abrahán, el patriarca que salió de Ur ante la llamada de Dios para que son su descendencia le conociera y adorase como al único Dios verdadero, frente al politeísmo circundante.

 

El Santo Sepulcro es el objetivo principal de los cristianos en Jerusalén; el Muro de las Lamentaciones y el Monte Sión para los judíos y la cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa para los musulmanes. En 1981 la UNESCO declaró Jerusalén como patrimonio de la humanidad.

 

La historia ha acompañado a Jerusalén con acontecimientos de gloria y destrucción. Su templo, sus iglesias, basílicas y murallas han sido construidas y destruidas por numerosas invasiones y hegemonías. Santa Helena, la madre del emperador Constantino construyó diversas iglesias en el siglo V –el emperador la del Santo Sepulcro-, de las que todavía quedan ricos vestigios. Las invasiones de samaritanos, persas, romanos y musulmanes destruyeron y reconstruyeron sucesivamente lo anterior.

 

Jerusalén habría de ser la ciudad amurallada en la historia del pueblo de Israel, la ciudad amada por los reyes David y Salomón, la ciudad en la que habría de morir el Mesías, el Cristo, nacido en Belén y crecido en Nazaret, la ciudad desde la que habría de ascender Mahoma. Los salmos de David perpetúan la admiración y memoria de la ciudad. Uno de los versículos más repetidos por los judíos es: Que se me pegue la lengua al paladar si me olvido de ti, Jerusalén; si me olvido de ti Jerusalén, que se me paralice la mano derecha.

 

Ochocientos mil habitantes

Ochocientos mil habitantes tiene la ciudad de Jerusalén en un país, Israel, de ocho millones. Su morfología no puede ser más rica y laberíntica, al hablarnos de su historia. Decenas de conventos, iglesias, capillas, ermitas, oratorios… cristianos tejen su tejido urbano, en el que destacan sus pequeños jardines o patios ajardinados, principalmente en los conventos franciscanos, siguiendo el deseo de san Francisco de tener cercana la naturaleza. Bugambillas, hibiscos ponen color junto a palmeras y eucaliptos.

 

Junto a esta imagen, la de soldados con metralletas patrullando las calles en un país, Israel, en perpetua guerra con los palestinos.

 

La ciudad se divide en barrios claramente diferenciados: el judío (renovado a partir de la guerra de 1967); el armenio, donde reside su patriarca junto a la catedral y el seminario; el cristiano, con el Santo Sepulcro y otras iglesias y el musulmán, este último con numerosos zocos, donde la higiene y la limpieza dejan bastante que desear con frecuencia.

 

Ocho son las puertas que dan entrada a Jerusalén como ciudad amurallada, una de las más hermosas, sin duda, la de Damasco, al norte, apuntando hacia la capital de Siria, pero están también las de Jaffa o de la Torre de David, convertida hoy en museo; la de los Leones; de Sión, frente al monte que lleva su mismo nombre; la de Dung o de sacada de basuras; de Herodes –los judíos la llaman de las flores por su ornamentación; la Puerta Nueva, construida en 1987 para la entrada de los peregrinos y Puerta Dorada o de la Misericordia, por la que algún día entrará de nuevo el Mesías, cerrada por Solimán, con un cementerio musulmán delante de la misma.

 

En Israel se dice que en Jerusalén se reza, en Tel Aviv, se uno divierte y en Haiffa se trabaja. Nadie debe perderse un viaje a Jerusalén en su vida; una vez que se hace, el espíritu no queda indiferente.

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